Los  últimos días que faltaban para el final de todo el proceso del divorcio, fueron los peores y los mejores al mismo tiempo. Llamaba a mi abogada cada dia, nos hicimos amigas y todo, de un dia para otro iban llegando noticias y de repente una era buena. Me llamó y me dijo: “Ya tengo el cheque”  grité de felicidad, representaba mi libertad , era mi sueldo de ama de casa que nunca cobré  durante  estos 25 años. Iba a ser la única dueña y  gastarlo como  yo quisiera sin pedir permiso. Cuándo ya supe el dia me enfadé muchísimo, porque no sería hasta en una semana más tarde. La culpa era de las abogadas ya que el problema eran sus agendas y tenían que coincidir en el juzgado a la misma hora. Al final el cliente no decide nada y me dio rabia saber que ella ya había cobrado su parte. El dia que se realizó era un lunes a la una de la tarde y cuándo llegué allí , las abogadas ya estaban en el juzgado. Me parecía que estaba viendo  una película policiaca,  llegan los dos bandos y se cruzan sus miradas, se saludan.. y al final se realiza la entrega , me refiero al cheque. Al instante se acercó mi abogada y me condujo a una sala privada del juzgado. Yo por dentro temblaba como un flan, la miré pensando: ¿Dónde tienes el cheque escondido, eh?, ¿A qué esperas para dármelo? en cambio ella muy tranquila me estuvo haciendo una serie de preguntas como si fuera mi madre: ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Te irás de la ciudad? ¿Te vas a Madrid?. Y de pronto apareció el cheque en su mano, le dí un beso de despedida y me vino de repente unas ganas de gritar: ¡ Ya soy libre! como la canción.

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